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Transició Ecològica

Sin más igualdad, la transición energética fracasará

transició energètica justa

Puedes leer la traducción de este artículo en catalán.

Proclama revolucionaria en un chaleco amarillo. Imagen de Annabel_P de Pixabay


En los análisis sobre las necesidades de la transición energética se suele obviar un punto clave que, de ser ignorado, podría hacer fracasar esta transición. Este punto es la necesidad de tener sociedades relativamente igualitarias, un requerimiento que puede resultar problemático dado que la mayoría de los países del mundo han experimentado una desigualdad creciente durante las tres o cuatro últimas décadas. A pesar de que la desigualdad entre países se ha reducido en las últimas décadas, la evolución de la desigualdad interna ha seguido la dirección contraria y esa es la desigualdad que los ciudadanos perciben y que condiciona su vida. Por qué una sociedad más igualitaria es más sencilla de descarbonizar es algo bastante intuitivo. La descarbonización es un proyecto claramente colectivo que afecta a todos los miembros de la sociedad y, por tanto, cuando los conflictos sociales son menores y la percepción de vivir en cierta armonía colectiva mayor, más fácil es enfrentar este tipo de retos. No es casual que sean los países del norte de Europa, entre los más igualitarios del mundo, quienes tengan más conciencia medioambiental e impuestos medioambientales más altos. 

La transición energética, como cualquier otro cambio histórico con componentes de revolución tecnológica, va a dejar ganadores y perdedores.

Pero más allá de esta cuestión social, la transición energética presenta retos que sólo se van a poder enfrentar desde una perspectiva de unidad social y de esfuerzos compartidos. Por un lado, la transición energética, como cualquier otro cambio histórico con componentes de revolución tecnológica, va a dejar ganadores y perdedores. Entre los perdedores van a estar aquellos que actualmente trabajan en sectores que desaparecerán o se transformarán radicalmente, y para los que este proceso es una amenaza a sus empleos y bienestar. La transformación en el empleo es un proceso natural que sucede con cualquier cambio tecnológico y social y, por tanto, no debe ser entendido como algo inconveniente per se, pero sí es cierto que tenemos que atender con especial cuidado a aquellos que van a perder su empleo en estas transformaciones. Estas personas deben ser ayudadas, ofreciéndoles un colchón de protección que garantice su bienestar y ayudándoles en la medida de lo posible para que puedan emprender un nuevo camino laboral. Y esto solo lo pueden hacer los estados mediante gasto público y un amplio sistema de protección social. 

Además de la pérdida de puestos de trabajo, hay una segunda necesidad que impone la transición energética que puede dejar damnificados y que se deriva de la necesidad de implementar fuertes impuestos pigouvianos en aquellas fuentes de energía o tecnologías que sean contaminantes y emisoras de CO2. En muy poco tiempo vamos a ver cómo se implantan y/o crecen fuertemente las tasas al CO2, que encarecerán los combustibles fósiles, entre ellos los combustibles de automoción o los que mucha gente usa para calentar sus hogares. Estas tasas son planas y, por tanto, regresivas, perjudicando proporcionalmente más a quienes menos tienen. Las consecuencias que puede tener algo así se vio en Francia con los Chalecos Amarillos, un movimiento de protesta surgido ante el encarecimiento de los combustibles de automoción a causa de políticas medioambientales. El aumento del precio del gasoil o la gasolina representaba un sobrecoste para muchas personas que vivían en zonas alejadas de las grandes urbes y que necesitaban el vehículo particular para trabajar, personas que además vivían en zonas estancadas económicamente y que venían padeciendo en los últimos años el aumento de la desigualdad y la reducción del estado social. Si sobre una base de incremento de la desigualdad y reducción del estado social se implantan tasas planas (y por tanto regresivas), la consecuencia inmediata va a ser un fuerte rechazo social a estas medidas. Lo mismo pasará si las personas pierden sus empleos a causa de la transición energética y no sienten la protección de la mano auxiliadora del estado. 

Una sociedad más igualitaria y con un estado del bienestar más sólido aceptará mejor los cambios y las transformaciones.

Esto puede derivar en un estallido social, pero incluso aunque esto no pase se generará un importante base de enemigos de la transición energética, que será considerada como un proceso dañino para ellos. Y ahí pescarán los negacionistas, los populistas de derecha, los extremistas… Y si consiguen llegar al poder alimentados por estos apoyos y estos votos, la transición energética será desmantelada y todos nuestros esfuerzos habrán sido en vano. Por eso necesitamos una política que cree fuertes mecanismos de compensación para aquellos perjudicados por la transición energética. Ya hay políticas en este sentido, como el fondo de transición justa de la UE, que muestra como esta necesidad es comprendida y aceptada por gran parte del espectro político tradicional europeo. Pero además de esto necesitamos revertir este aumento de la desigualdad que se ha producido en las últimas décadas, porque eso nos dará el colchón de seguridad que necesitamos para poder ser valientes con las políticas climáticas. Una sociedad más igualitaria y con un estado del bienestar más sólido aceptará mejor los cambios y las transformaciones, podrá aguantar mejor los esfuerzos que se le pidan o los problemas que puedan aparecer. Si seguimos viviendo al límite de lo socialmente aceptable, quedaremos paralizados y seremos incapaces de afrontar las transformaciones necesarias. Hay quien dice que la transición ecológica “será justa o no será”. No sé si ser tan categórico, pero es indudable que, si la transición no es justa, si no es igualitaria, se multiplicarán los problemas y las dificultades que tendremos que enfrentar y será más probable que fracasemos.


Pedro Fresco es licenciado en Química por la Universidad de Valencia, profesor-colaborador en el máster en Energías Renovables de la Universidad Internacional de Valencia (VIU) y trabaja en el sector energético desde hace más de una década. Colaborador en varios medios de comunicación, es autor del libro “El futuro de la energía en 100 preguntas” y, recientemente, de “El Nuevo Orden Verde”, donde profundiza en los cambios y retos sociales derivados de la urgente y necesaria Transición Energética.

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